La historia de Alemania es un mosaico de poder, fragmentación y unificación. Comienza con el reino franco de Carlomagno (coronado emperador en el año 800), cuyos territorios orientales dieron origen al Reino Germánico. Tras el Tratado de Verdún (843), la Francia Oriental evolucionó hacia el Sacro Imperio Romano Germánico, una entidad descentralizada que perduró casi un milenio. Desde la dinastía Otoniana (s. X) que consolidó el imperio, pasando por los Salios, los Hohenstaufen (con Federico Barbarroja), hasta los Habsburgo que dominaron la política europea. La Reforma protestante de Lutero (1517) fracturó la unidad religiosa y llevó a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que devastó los territorios germánicos.
Tras las guerras napoleónicas, el Congreso de Viena (1815) creó la Confederación Germánica, pero el nacionalismo impulsó la unificación bajo Prusia. Otto von Bismarck, el «Canciller de Hierro», logró la unificación alemana tras las guerras contra Dinamarca, Austria y Francia, proclamándose el Imperio Alemán (Kaiserreich) en 1871 en el Palacio de Versalles. Guillermo I fue el primer Káiser. La era guillermina llevó a Alemania a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), que acabó con el imperio y dio paso a la República de Weimar, un período democrático pero asediado por crisis. La Gran Depresión y el descontento allanaron el camino a Adolf Hitler y el Tercer Reich (1933-1945), que desencadenó la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. En 1945, con la derrota total, Alemania quedó dividida, cerrando una de las épocas más trágicas de su historia.
La historia de Alemania es, en esencia, la crónica del poder en el corazón de Europa. A diferencia de naciones con fronteras milenarias como Francia o Inglaterra, Alemania es un concepto tardío y complejo, una nación forjada desde la fragmentación y la idea imperial. Su relato no comienza con un rey fundacional, sino con la coronación de Carlomagno como Emperador de los Romanos en la Navidad del año 800. Aquel acto en Roma, que unió el legado romano, el poder militar germánico y la bendición papal, sembró la semilla de lo que siglos después sería el Sacro Imperio Romano Germánico.
Tras el Tratado de Verdún (843), la Francia Oriental, gobernada por Luis el Germánico, se convirtió en el núcleo original de la identidad alemana. Durante casi un milenio (962-1806), el Sacro Imperio fue una entidad peculiar: un mosaico de más de 300 reinos, ducados, principados eclesiásticos y ciudades libres, unidos bajo una corona electiva que nunca logró imponer un poder central absoluto. La grandeza de dinastías como los Otones, los Salios y los Hohenstaufen chocó constantemente con la autonomía de los príncipes territoriales. La Reforma Protestante de Martín Lutero (1517) fracturó la unidad religiosa para siempre, y la devastadora Guerra de los Treinta Años (1618-1648) dejó los territorios germánicos demográficamente arrasados y políticamente atomizados.
El Congreso de Viena (1815) creó una débil Confederación Germánica tras las guerras napoleónicas, pero el nacionalismo romántico y el poder industrial empujaban hacia la unificación. Bajo el liderazgo de Prusia y su «Canciller de Hierro», Otto von Bismarck, esta unificación se logró mediante tres guerras breves y decisivas, culminando con la proclamación del Imperio Alemán (Kaiserreich) en 1871 en el Salón de los Espejos de Versalles. Convertida en una potencia industrial y militar, Alemania desafió el orden europeo, desencadenando la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
La derrota y la humillación del Tratado de Versalles dieron paso a la República de Weimar, un experimento democrático condenado por la hiperinflación, la crisis de 1929 y la desconfianza de las élites. De sus cenizas surgió el movimiento más oscuro de la historia moderna: el nacionalsocialismo. Bajo Adolf Hitler, Alemania se convirtió en un régimen totalitario que desató la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y perpetró el Holocausto, el asesinato sistemático de seis millones de judíos. En 1945, el país yacía en ruinas, ocupado y dividido. La experiencia alemana se convirtió así en una lección universal sobre los peligros del militarismo, el racismo y la fragilidad de la democracia.
El 31 de octubre de 1517, el monje agustino y teólogo Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia del Castillo de Wittenberg. Lo que aparentaba ser una crítica académica a la venta de indulgencias —un mecanismo eclesiástico para reducir el castigo temporal por los pecados— se convirtió en el detonante de la mayor fractura religiosa, política y social de la cristiandad occidental: la Reforma Protestante. Lutero sostenía que la salvación se alcanzaba solo por la fe (sola fide) y que la autoridad máxima era la Biblia (sola scriptura), no el papa ni los concilios. Gracias a la recién inventada imprenta de Gutenberg, sus escritos se difundieron por todo el Sacro Imperio en cuestión de semanas, traduciendo la teología al idioma del pueblo.
El emperador Carlos V, el monarca más poderoso de su época, convocó a Lutero a la Dieta de Worms (1521) para que se retractara. La respuesta de Lutero fue legendaria: «No puedo retractarme de nada, porque ir contra la conciencia no es seguro ni honesto. ¡Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa!». Declarado proscrito del imperio, fue protegido por el elector de Sajonia en el castillo de Wartburg, donde tradujo el Nuevo Testamento al alemán, creando una lengua unificada para todos los hablantes germánicos. La Reforma dejó de ser un asunto teológico para convertirse en una lucha de poder: muchos príncipes alemanes vieron en el luteranismo la excusa perfecta para independizarse del emperador y apropiarse de los bienes de la Iglesia.
La guerra civil religiana asoló Alemania durante décadas. Carlos V, agotado y derrotado por los príncipes protestantes, aceptó la Paz de Augsburgo (1555), un tratado que estableció el principio cuius regio, eius religio (la religión del príncipe determina la religión del súbdito). El luteranismo fue reconocido oficialmente, pero el calvinismo quedó excluido, y los obispados secularizados se mantuvieron en manos protestantes. La Paz de Augsburgo fue una solución temporal que calmó las aguas durante unas décadas, pero dejó sin resolver la tensión entre católicos y protestantes. Las semillas de la próxima gran catástrofe —la Guerra de los Treinta Años— ya estaban sembradas. La Reforma no solo dividió a Alemania, sino que fortaleció el poder de los príncipes frente al emperador, consolidando el carácter descentralizado y federal del país que perduraría hasta el siglo XIX.
La Guerra de los Treinta Años fue el conflicto más destructivo que sufrió Europa antes de las guerras mundiales del siglo XX, y su epicentro fue, sin duda, los territorios del Sacro Imperio Romano Germánico. Iniciada con la Defenestración de Praga (1618), donde nobles protestantes arrojaron por una ventana a dos gobernadores católicos del emperador Matías, lo que comenzó como una rebelión interna de Bohemia se transformó rápidamente en una lucha europea por la hegemonía religiosa y política. Cuatro fases se sucedieron: la fase bohemia-palatina, la danesa, la sueca (con el mítico rey Gustavo Adolfo al frente) y la fase francesa, en la que la católica Francia del cardenal Richelieu se alió con los protestantes para debilitar a los Habsburgo.
Alemania se convirtió en un inmenso campo de batalla. Ejércitos de mercenarios, mal pagados y peor disciplinados, vivían del saqueo sistemático de las poblaciones civiles. El saqueo de Magdeburgo (1631) se convirtió en un símbolo de la barbarie: la ciudad fue incendiada y 20.000 de sus 25.000 habitantes fueron masacrados. La combinación de violencia militar, hambruna (provocada por la requisa de cosechas) y enfermedades (la peste bubónica, que reapareció con violencia) causó una catástrofe demográfica sin precedentes. Se estima que la población alemana se redujo entre un 25% y un 40%, pasando de 21 millones a unos 13 millones de habitantes. Regiones enteras como Pomerania, Brandeburgo y Wurtemberg perdieron más de la mitad de su población. La economía agrícola colapsó, el comercio se paralizó y vastas extensiones de tierra quedaron abandonadas yermas.
La Paz de Westfalia (1648), firmada en las ciudades de Münster y Osnabrück, puso fin al derramamiento de sangre. Sus consecuencias fueron profundas y duraderas: reconoció la independencia de Suiza y los Países Bajos; otorgó territorios a Suecia y Francia; y, crucialmente, consagró la libertad religiosa para calvinistas, luteranos y católicos. El emperador perdió toda pretensión de autoridad universal: los príncipes territoriales adquirieron el derecho a hacer alianzas con potencias extranjeras (siempre que no fueran contra el emperador o el imperio). El Sacro Imperio quedó formalmente debilitado y fragmentado en más de 300 estados casi soberanos. La guerra dejó una profunda huella en la psique alemana: el miedo a la anarquía, la desconfianza hacia el poder central y la identificación con la región local por encima de la nación se convirtieron en rasgos culturales que persistirían durante siglos.
La Confederación del Rin (Rheinbund) fue el instrumento mediante el cual Napoleón Bonaparte destruyó el moribundo Sacro Imperio Romano Germánico y reconfiguró el mapa de Europa Central. Tras su aplastante victoria sobre Austria y Rusia en la Batalla de Austerlitz (1805), Napoleón se erigió como el árbitro de Alemania. En julio de 1806, presionó a 16 estados alemanes del sur y el oeste —entre ellos Baviera, Wurtemberg, Baden, Hesse-Darmstadt y Nassau— para que se separaran formalmente del Sacro Imperio y se unieran en una alianza militar y política bajo su «protección». El 1 de agosto de 1806, estos estados proclamaron su secesión, y el 6 de agosto, el emperador Francisco II, sabiéndose derrotado, abdicó y disolvió el Sacro Imperio, una institución que había perdurado durante más de ochocientos años (962-1806).
La Confederación del Rin no era una entidad libre ni democrática, sino un estado satélite del imperio napoleónico. Sus miembros estaban obligados a proporcionar contingentes militares a la Grande Armée (en total, unos 63.000 soldados alemanes participaron en la invasión de Rusia de 1812). A cambio, Napoleón otorgó a los monarcas alemanes beneficios sustanciales: elevó a los electores de Baviera y Wurtemberg al rango de reyes, permitió la secularización de tierras eclesiásticas y la mediatización de cientos de pequeños condados y ciudades libres, que fueron absorbidos por los estados más grandes. Este proceso simplificó drásticamente el mapa alemán: de más de 300 entidades políticas a solo 39. Millones de alemanes dejaron de ser súbditos de obispos o caballeros imperiales para convertirse en ciudadanos de reinos medianos, lo que, paradójicamente, sentó las bases para futuros movimientos unificadores.
La experiencia de la Confederación fue ambivalente para los alemanes. Por un lado, trajo consigo la modernización administrativa: se introdujo el Código Napoleónico, que abolía los privilegios feudales, establecía la igualdad ante la ley y protegía la propiedad privada. La servidumbre fue abolida en muchos territorios, y los gremios medievales perdieron poder. Por otro lado, la dominación francesa fue percibida como una humillación nacional. El desastre de la campaña de Rusia (1812), en la que el ejército alemán aliado de Napoleón fue prácticamente aniquilado, encendió la chispa del nacionalismo. En 1813, Prusia y Austria se unieron a Rusia, Suecia y Gran Bretaña en la Sexta Coalición. Tras la derrota de Napoleón en la Batalla de Leipzig (16-19 de octubre de 1813) —conocida como la «Batalla de las Naciones» por la participación masiva de tropas alemanas—, la Confederación del Rin se disolvió rápidamente. Sin embargo, su legado fue profundo: Alemania había aprendido que la unificación era posible, aunque fuera bajo un yugo extranjero, y que la modernización legal y administrativa era un paso necesario hacia la construcción de un Estado nación.
La Confederación Germánica (Deutscher Bund) fue la organización política que sustituyó al disuelto Sacro Imperio tras las guerras napoleónicas. Creada por el Congreso de Viena (1814-1815), la confederación agrupaba a 39 estados (más tarde 39, luego 38) bajo la presidencia honorífica del Emperador de Austria. Entre sus miembros se encontraban el poderoso Imperio Austriaco, el Reino de Prusia, los reinos de Baviera, Wurtemberg, Sajonia y Hannover, así como ducados, principados y las cuatro ciudades libres de Hamburgo, Bremen, Lübeck y Fráncfort del Meno (que albergaba la Dieta Federal, el parlamento confederal). La Confederación era una alianza defensiva, no un estado unificado: sus miembros conservaban plena soberanía, monedas, ejércitos y sistemas legales propios. Su único órgano común era la Dieta Federal, una asamblea de delegados de los estados, donde Austria y Prusia, a pesar de su tamaño, solo tenían un voto cada una, al igual que los diminutos principados.
El espíritu de la Confederación Germánica era abiertamente conservador y represivo. Su principal artífice, el canciller austriaco Klemens von Metternich, estaba decidido a aplastar cualquier brote de nacionalismo o liberalismo que amenazara el orden monárquico. Los Decretos de Carlsbad (1819), aprobados por la Dieta a instancias de Metternich tras el asesinato del escritor conservador August von Kotzebue por un estudiante radical, establecieron la censura de prensa, la supervisión de las universidades y la persecución de las asociaciones estudiantiles nacionalistas (Burschenschaften). La bandera negra, roja y dorada —que hoy es la bandera de Alemania— fue prohibida por considerarse un símbolo subversivo. La Confederación se convirtió así en el «guardián de la restauración», un instrumento para mantener la fragmentación alemana y evitar cualquier intento de unificación que no fuera bajo la hegemonía austriaca.
A pesar de su naturaleza reaccionaria, la Confederación Germánica tuvo una importancia paradójica: fue el primer marco político que abarcaba exclusivamente territorios de lengua y cultura alemanas (aunque incluía las regiones checas de Bohemia y Moravia dentro del Imperio Austriaco). Para los nacionalistas liberales, la Confederación era un punto de partida insuficiente pero necesario. La Unión Aduanera Alemana (Zollverein), creada por Prusia en 1834 y que excluía a Austria, fue un contrapeso económico que unificó los mercados internos, eliminó las aduanas entre la mayoría de los estados alemanes y fomentó la construcción de ferrocarriles. Cuando estallaron las revoluciones de 1848, la Dieta Federal se mostró incapaz de reaccionar, lo que demostró su obsolescencia. Finalmente, la Confederación Germánica fue disuelta tras la Guerra Austro-Prusiana (1866), cuando Prusia, vencedora, impuso la nueva Confederación Alemana del Norte y excluyó definitivamente a Austria de los asuntos alemanes.
La Revolución de 1848, conocida como la «Primavera de los Pueblos», fue el levantamiento liberal y nacionalista más importante de Europa en el siglo XIX. En Alemania, comenzó con la noticia de la revolución en París (febrero de 1848) y se extendió como un reguero de pólvora. En marzo, estallaron violentas protestas en las capitales de los estados alemanes: en Viena, el canciller Metternich, símbolo de la reacción, huyó disfrazado; en Berlín, el rey Federico Guillermo IV de Prusia, tras sangrientos enfrentamientos callejeros, se vio obligado a prometer una constitución, a liberar a los presos políticos y a declarar que «Prusia se funde a partir de ahora en Alemania». El miedo a las barricadas unió a liberales, estudiantes, artesanos y campesinos, todos unidos por dos demandas fundamentales: libertades civiles (prensa, reunión, asociación) y la unificación nacional alemana bajo un gobierno representativo.
En mayo de 1848, se reunió en la Iglesia de San Pablo de Fráncfort del Meno la primera Asamblea Nacional Alemana, compuesta por 585 diputados elegidos por sufragio (aunque indirecto y censitario). Era un parlamento de profesionales liberales, abogados, profesores y comerciantes, que se autodenominó con orgullo el «Parlamento de los profesores». Su tarea era monumental: redactar una constitución para una Alemania unificada. El debate más espinoso fue la llamada «Cuestión de los dos grandes»: ¿debía la nueva Alemania incluir a Austria (Großdeutschland, la «Gran Alemania») o debía excluir a los territorios austriacos y quedar bajo liderazgo prusiano (Kleindeutschland, la «Pequeña Alemania»)? Dado que Austria era un imperio multinacional que no quería disolverse, la asamblea se inclinó por la solución pequeña alemana. En marzo de 1849, aprobó una constitución democrática que establecía un imperio hereditario con un parlamento bicameral, y ofreció la corona imperial al rey Federico Guillermo IV de Prusia.
El momento decisivo fue una tragedia para el liberalismo alemán. Federico Guillermo IV rechazó la corona con desprecio, declarando que no aceptaría «una corona de la basura» (es decir, del pueblo) ni «una corona de barro y arcilla cocida» ofrecida por una asamblea revolucionaria. Solo aceptaría una corona otorgada por los demás príncipes alemanes. Sin el apoyo de Prusia, la revolución se derrumbó. Los ejércitos de los reyes recuperaron el control: la asamblea fue disuelta por la fuerza, la constitución fue ignorada, y miles de liberales huyeron al exilio (muchos emigraron a Estados Unidos, donde se convirtieron en los «Forty-Eighters»). El fracaso de 1848 tuvo consecuencias profundas: demostró que la unificación alemana no vendría desde abajo, mediante la democracia y el debate parlamentario, sino desde arriba, impuesta por la fuerza militar de Prusia. El sueño de una Alemania liberal, democrática y unificada se pospuso hasta después de dos guerras mundiales. La lección que extrajeron muchos alemanes fue amarga: la libertad y la unidad eran incompatibles bajo el antiguo régimen.
La Confederación Alemana del Norte (Norddeutscher Bund) fue el eslabón perdido entre la fragmentación de la Confederación Germánica y el nacimiento del Imperio Alemán. Creada por Otto von Bismarck tras la aplastante victoria de Prusia sobre Austria en la Guerra Austro-Prusiana (1866), la Confederación fue un estado federal diseñado a la medida de los intereses prusianos. Incluía a todos los estados alemanes al norte del río Meno: 22 estados, entre ellos Prusia (que aportaba el 80% del territorio y la población), Sajonia, Hesse-Darmstadt (parcialmente), Mecklemburgo, Oldemburgo, Brunswick y las ciudades libres de Hamburgo, Bremen y Lübeck. Los estados del sur —Baviera, Wurtemberg, Baden y Hesse-Darmstadt (sur)— permanecieron fuera, aunque atados militarmente a Prusia mediante alianzas secretas. Austria quedó definitivamente excluida de los asuntos alemanes.
La Constitución de la Confederación, promulgada en abril de 1867, era una obra maestra del pragmatismo autoritario de Bismarck. Creaba dos órganos principales: el Bundesrat (Consejo Federal), compuesto por delegados de los 22 estados, donde Prusia tenía 17 de los 43 votos (suficientes para bloquear cualquier cambio constitucional), y el Reichstag (Parlamento Imperial), elegido por sufragio universal masculino directo y secreto. La inclusión del sufragio universal fue una jugada genial de Bismarck: confiaba en que los campesinos y obreros rurales, más conservadores y leales a Prusia, contrarrestarían el poder de la burguesía liberal en las ciudades. El rey de Prusia era el presidente hereditario de la Confederación con el título de Bundespräsidium, y el canciller (Bismarck, por supuesto) era el único ministro responsable ante el rey, no ante el parlamento. El ejército, los ferrocarriles, el correo y la política exterior quedaron bajo control prusiano.
La Confederación Alemana del Norte fue un éxito rotundo y un banco de pruebas para el futuro imperio. Durante sus cuatro años de existencia, demostró que un estado alemán unificado (aunque incompleto) podía funcionar con eficiencia. Se unificaron los sistemas de pesos y medidas, se creó un código de comercio común, se expandió la red ferroviaria y se estableció la libra de oro como moneda común (Vereinsthaler). Pero su logro más importante fue preparar el terreno para la guerra contra Francia. Cuando Bismarck manipuló el Telegrama de Ems en 1870 para provocar a Napoleón III, los estados del sur, temiendo una invasión francesa, acudieron en ayuda de la Confederación. Las victorias militares sobre Francia crearon una oleada de patriotismo que permitió la adhesión de Baviera, Wurtemberg y Baden. El 18 de enero de 1871, la Confederación se transformó en el Imperio Alemán (Kaiserreich), con Guillermo I como Káiser y Bismarck como canciller. La Confederación del Norte fue, pues, el andamio perfecto sobre el que se construyó la Alemania unificada.
Durante siglos, el ideal de una Alemania unificada había sido un sueño de poetas, filósofos y nacionalistas románticos. Pero no fue una asamblea democrática ni una revolución popular la que logró la unidad, sino la implacable realpolitik de un hombre: Otto von Bismarck, el «Canciller de Hierro». Nombrado ministro-presidente de Prusia en 1862 por el rey Guillermo I, Bismarck declaró ante el parlamento que «las grandes cuestiones de la época no se deciden con discursos ni con resoluciones mayoritarias, sino con sangre y hierro». Su plan era claro: excluir a Austria de los asuntos alemanes y unificar los 39 estados de la Confederación Germánica bajo la supremacía militar y económica de Prusia mediante tres guerras cortas y decisivas.
La primera fue la Guerra de los Ducados (1864) contra Dinamarca. Bismarck se alió con Austria para arrebatar los ducados de Schleswig y Holstein a la corona danesa. La victoria fue rápida, pero las tensiones sobre la administración de los ducados sirvieron a Bismarck de pretexto para la siguiente guerra. En 1866, provocó hábilmente a Austria y derrotó a su poderoso ejército en la aplastante Batalla de Sadowa (Königgrätz). Las consecuencias fueron revolucionarias: Austria quedó excluida definitivamente de la política alemana, Prusia anexionó Hannover, Hesse, Nassau y Fráncfort, y se creó la Confederación Alemana del Norte bajo control prusiano. Solo faltaban los estados del sur (Baviera, Wurtemberg, Baden) para la unificación completa.
Bismarck necesitaba un enemigo común que infundiera miedo y patriotismo en el sur. Lo encontró en Francia. Mediante la hábil manipulación del telegrama de Ems, provocó que Napoleón III declarara la guerra a Prusia en 1870. La Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) fue fulminante: los ejércitos alemanes, superiormente organizados y movilizados por ferrocarril, invadieron Francia y capturaron al propio emperador en la Batalla de Sedán. El 18 de enero de 1871, en un acto de suprema humillación a Francia, los príncipes alemanes proclamaron a Guillermo I como Káiser (Emperador) de Alemania en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles. Nacía el Segundo Reich, un estado federal de 25 estados, con Prusia como potencia dominante (dos tercios del territorio y la población). Alemania se convertía en la primera potencia industrial y militar de Europa, alterando para siempre el equilibrio de poder en el continente.
La República de Weimar nació del colapso y la derrota. El 9 de noviembre de 1918, con la Primera Guerra Mundial perdida y los marineros amotinados en Kiel, el Káiser Guillermo II abdicó y huyó a los Países Bajos. En medio de la confusión, el socialdemócrata Friedrich Ebert proclamó la república desde el Reichstag de Berlín. Una Asamblea Nacional reunida en la ciudad de Weimar (alejada de los tumultos berlineses) redactó la constitución más avanzada de su época: establecía el sufragio universal (incluyendo a la mujer), la libertad de expresión, la elección directa del presidente y un parlamento (Reichstag) con poderes reales. Pero la república cargaba con un pecado original: la firma del Tratado de Versalles (1919), que imponía a Alemania duras reparaciones económicas, la pérdida de territorios (Alsacia-Lorena, el corredor polaco) y la humillante «cláusula de culpabilidad», que reconocía a Alemania como única responsable de la guerra. Para la derecha nacionalista, los políticos de Weimar eran los «criminales de noviembre» que habían apuñalado al ejército por la espalda.
La república enfrentó ataques desde ambos extremos del espectro político. La izquierda comunista (Liga Espartaquista) intentó tomar el poder en 1919, siendo aplastada por los paramilitares de derecha (Freikorps), que asesinaron a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. La derecha radical intentó golpes de Estado, como el Putsch de Kapp (1920) y el Putsch de la cervecería (1923) liderado por un desconocido agitador austriaco llamado Adolf Hitler. La hiperinflación de 1923 fue el trauma colectivo que borró los ahorros de la clase media: un billete de un billón de marcos apenas compraba una barra de pan. La intervención estadounidense (Plan Dawes, 1924) trajo una breve edad de oro (1924-1929), con estabilidad económica y florecimiento cultural (el cine de Fritz Lang, la escuela Bauhaus, la literatura de Thomas Mann).
Pero la Gran Depresión de 1929 destruyó esa frágil estabilidad. El paro saltó a seis millones de personas. La desesperación llevó a los votantes a los extremos: los comunistas y, sobre todo, los nacionalsocialistas (NSDAP) de Hitler, que pasaron de 12 escaños en 1928 a 230 en 1932. El anciano presidente Paul von Hindenburg, héroe de guerra pero incapaz de gestionar la crisis, gobernó mediante decretos de emergencia. En enero de 1933, presionado por asesores conservadores que creían poder controlar a Hitler, Hindenburg lo nombró canciller. La República de Weimar, la primera democracia alemana, moría sin apenas un disparo. En pocos meses, el régimen nazi desmantelaría todas las libertades, instaurando la dictadura más brutal del siglo XX.
Alemania forjó el Sacro Imperio, vivió la Reforma protestante, unificó su identidad nacional bajo Prusia, sufrió el nazismo y renació como democracia. Su historia es un espejo de la compleja evolución de Europa.